Adán no Fue el Primer Hombre. Y Dios no Fue el Primero en Crearlo

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Historia y Mitología

Nos contaron que el primer hombre nació cuando Dios se agachó sobre el polvo, le dio forma y le sopló en la nariz. Adán abre los ojos en el Edén y se pone a nombrar animales. Esa es la versión que Occidente repitió dos mil años. No es la primera. Mucho antes, en la tierra entre dos ríos, los dioses menores se hartan de cavar canales y tiran las herramientas al fuego. Enki resuelve el problema sacrificando a Geshtu-e y mezclando su sangre con arcilla. Nintu amasa catorce cuerpos. Nacen para trabajar. Llevan chispa de dios y barro de mortal, y ninguna de las dos partes borra a la otra. En Egipto no hay un primer hombre. Khnum, el dios carnero, sigue en su torno junto a las cataratas del Nilo, moldeando cada cuerpo y su ka, generación tras generación. En Grecia, Epimeteo se gasta las garras, el veneno y el pelaje en los animales, y cuando le toca al hombre ya no queda nada. Prometeo lo modela de barro, erguido como un dios, y le roba el fuego. Zeus lo paga encadenándolo a una roca. En el norte, Odín, Vili y Ve encuentran dos troncos en una playa, fresno y olmo, y de ahí salen Ask y Embla. No hay barro. Hay madera varada. Nüwa, sola junto a un río en China, modela figuras de barro amarillo y luego se cansa: sacude una cuerda mojada y las gotas también se vuelven gente. Dicen que de ahí vienen dos clases de personas. En Mesoamérica fallan dos veces. El barro se deshace con la lluvia. La madera camina, habla y no agradece, y los dioses la destruyen. Los que escapan se vuelven monos. El tercer intento es maíz blanco y amarillo, molido con agua de nueve ríos. Ven demasiado. Los dioses les empañan los ojos. En la India, los hombres salen del cuerpo desmembrado de Purusha, el ser de mil cabezas. Entre los yoruba, Obatalá baja a poner tierra sobre el agua y, borracho de vino de palma, moldea cuerpos torcidos. Al día siguiente jura no volver a beber y se queda, para siempre, como protector de quien nace distinto. Casi ningún pueblo se imaginó perfecto al primer intento. Cada un